Lo más triste de todo es saber que tenés una relación perversa y dependiente con el palo
contra el que te apoyás mientras esperás el colectivo, donde el paso del tiempo es imperceptible, sobretodo a esa hora tan tarde, salvo por el ritmo de los semáforos que son
los únicos que se mueven además de los autos que pasan de vez en cuando, sonando
como latas vacías rodando por el piso. Cuando estás inevitablemente parado junto al palo,
las distancias entre los lugares se miden en el frío que hace, la frecuencia con la que pasa
tu bondi a esa hora de ese día de la semana en ese mes del año y en que a esa hora estás
solísimo porque a la noche están todos muertos.
A veces el colectivo no llega antes que la imperiosa necesidad de irte a la mierda o de que
ese paisaje idiota que está congelado en frente tuyo hace -andá a saber cuanto-, quieto y
vacío de algo que valga la pena además del kiosco más cercano.
Entonces empezás a caminar y si no te protegés con la música al re-palo vas a enterarte
de que lamentablemente tu mayor acceso al silencio es un caos de heladeras escondidas
atrás de persianas, de ronquidos de alguien durmiendo del lado de afuera de esas
persianas y las latas vacías de motores estruendosos pero espaciados entre sí por lo cual
te animás a pensar que "qué tranquila es la calle a la noche". Hasta que en la siguiente
cuadra oís maullar a un par de gatos, que maullaban hermoso pero como sufriendo y al
pasar por donde estaban les preguntás en voz alta qué les pasa, solo para contestarte
después a vos mismo que gritan por la calentura que tienen. Asentís lleno de empatía al
siguiente miau.
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