El Chat, en esas épocas en que todo ser humano tenia la necesidad de utilizarlo constantemente, como si fuera una adicción, era la cosa mas odiada y detestada por mi. Claro estaba que solo hacia falta dejar pasar un tiempo para que se transforme en el encargado de adueñarse de mi vida.
Recuerdo con claridad aquellas tardes de invierno en las que el frio azotaba tan fuertemente que nadie se atrevía a desafiarlo. Yo disfrutaba sentarme en una silla junto a la ventana, mientras observaba cada copo de nieve cayendo y escuchaba el silbido del viento viajando suavemente por las calles, leía esas novelas de uno de mis escritores preferidos, Howard Philip Lovecraft.. me encerraba en el mundo de la literatura y las horas pasaban tan rápido como una ráfaga de viento.
La vida aburrida y monótona comenzó cuando recibí mi primera computadora para un regalo de cumpleaños. Mis padre creían que yo vivía en un universo ficcional, dado que mis días comenzaban y finalizaban con libros. Además, admito que la cantidad de amigos que tenía era muy reducida y nunca tuve interés por conocer nuevos compañeros. Conjuntamente, el hecho de ser tímido y temeroso, me obligaba a llamarme “antisociable”.
Ver una máquina en mi habitación me causaba fastidio y a la vez intriga por conocer una de las formas de diversión mas utilizadas de esos días; el Chat.
Una de aquellas tantas tardes de lectura, la ansiedad me guió a entrar en ese espacio virtual del que nunca descubriría la forma de salir. La diversión consistía en hablar con cualquier persona, contar cosas absurdas que a nadie se le ocurrirían referir personalmente y por objetivo principal tenia que conocer gente, cosa que pensé que en absoluto me llamaría la atención. Para gran equivocación mía, pase unas cuantas horas mirando fijamente la computadora, como si estuviera atrapado en un hechizo, contando mis problemas a gente desconocida y extraña, mientas me divertía con las cosas que decían los demás, hasta que mis ojos, irritados y cansados, pedían descanso.
Durante los siguientes diez u once meses no despegué la vista de este sistema ingenioso que se apoderaba de las mentes de los humanos, como si se tratara de una droga. El ciberespacio me servia como recreación y distracción. Tanto mis padres como yo llegamos a la conclusión de que me había vuelto adicto, el Chat se había convertido en el dueño de mi vida, ya ni tiempo para salir con los pocos amigos que tenia y peor aun, había reemplazado todo lo que tenia por estar sentado en una silla, hipnotizado, compartiendo momentos con gente que ni siquiera había visto una sola vez. El hecho de verme atraído por un aparato que tenia autoridad sobre mi, me ponía verdaderamente incomodo al darme cuenta de a situación realmente ilógica por la que estaba pasando. Si, debo admitir que me dominaba.
Intente hacer deportes, tomar clases de pintura y hasta participar del coro de la escuela para distraerme, pero nada lograba sacar de mi mente las ganas de tener cerca una de esas maquinas infernales y adictivas, donde pudiera clavar mis ojos hasta el cansancio. El hecho de que mis padres me prohibieran usar la computadora tampoco puso solución a la esclavitud. Ni siquiera la ayuda psicológica pudo...
Al no poder evitar el contacto con el mundo cibernético, decidí postergar mi liberación y opte por seguir con este juego que le estaba sacando provecho a mi vida e invadiendo mi cerebro de adicciones cada vez mayores; cada vez necesitaba mas y mas tiempo sentado junto al monitor, con los ojos fijados a él. Si mal no recuerdo, dos veranos habían pasado y ya el invierno llegaba de nuevo, acompañado por un frió helado, de la mano con vientos frescos. Yo, como siempre, me encontraba hipnotizado por el Chat, mi mas valiosa diversión, o mejor dicho, la única. Concentrado en inventar algo para entretener a mis compañeros virtuales, no prestaba mas atención que a la computadora. De pronto, un ruido extraño proveniente de la calle hizo desviar mi mirada hacia la ventana, empañada por el frió que hacia fuera. Impaciente por encontrar al culpable de mi perturbación, vi un paisaje blanco, muy familiar, con copos de nieve cayendo de una forma tan hermosa que me quede realmente impresionado, contemplando largo rato ese espectáculo alucinante. Un silbido tenue del viento me hizo cerrar los ojos y recordar todas esas tardes de lecturas interesantes, en las que nada ni nadie podía interferir. Vino a mi de repente la idea de revivir uno y tan solo un momento del pasado. Me levante, abrí el cajón de mi mesa de luz, y sin dejar de contemplar el paisaje agarre un libro y me senté frente a la ventana, como solía hacer siempre.
Por supuesto, al ver en desuso ese aparato repugnante atrapa mentes, me deshice de el cuanto antes pude, reconquistando así mi tiempo perdido leyendo mis novelas y deleitándome con los paisajes que lograba ver desde la ventana. Encontré nuevamente mi libertad y recupere no solo mi tiempo sino también mi vida, mi diversión y mi mundo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario